14.8.13

Alcoholízame


Cinco. Diez. E incluso veinte tragos.
Bajo destellos de color neón. Esos que se clavan en las pupilas y truenan como una tormenta ocular. Una tormenta que estalla de tal manera que sacude toda la espina dorsal y te eriza los vellos del cuerpo. Todos y cada uno de ellos.
Y mueres.
Agonizas en un sinfín de sensaciones que no sabes cómo calmar. Que no sabes cómo narices han llegado a ocupar una parte de tu cerebro. Y machacas cada uno de tus dedos, fingiendo o intentando fingir que eres un sueño. Que todo aquello cuanto sientes no es más que una falsa realidad. Una imagen de lo que tu propia imaginación ha creado.
No lo sabes a ciencia cierta, pero es que realmente no eres un sueño. Eres una pesadilla. Una estúpida quimera anclada en un pedazo de la mente, totalmente escondida, que te envía neuronas equivocas. Que te manda mensajes con destinos erróneos. Y que juega a su antojo con lo que ocurre en tu fantasía y lo que realmente la vida demanda.
No eres alguien con un consciente. No eres una coherencia. Eres un manojo de deseos y pasiones desbocadas, que se pierden en mitad de la eternidad y buscan desesperadamente un resquicio que calmen sus antojos.
El sexo pierde la intensidad del vivir y el respirar. La exhalación e inhalación del ser pierden la importancia del vivir. El imaginario del ser y el qué ser, pierde toda autenticidad. Y las maneras de actuar y de interpretar pierde toda nuestra veracidad.
No sabes por qué, pero todo lo que te rodea hace que tu cabeza de mil vueltas. Que todo torne en cosas que ni siquiera sabes que estás haciendo. No sientes los dedos. Los miembros del cuerpo se entumecen y el dar un paso, a cualquier dirección, parece que sea a cámara lenta. Tan lenta, que parece que la irrealidad del que crees preso se apodere de todo lo que haces y sientes.

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