13.3.12

Salamandra

Olía cada parte de su cuerpo de tal manera que parecía que su piel se descascarillaba, retenía entre sus dedos pequeños pétalos de flores de magnolio, esas flores que suavizan el aire con un aroma intenso y dulce.
Y entre sus dedos y su pecho, imaginaba que tenía un bebé, un ser nacido de su vientre y simulaba que cada flor era la diminuta boca que succionaba cada gota de vida que extraía de Salamandra. Ella, que bajo esa piel y textura de arcilla seca, se sentía vívida como un ser humano pero aún así ella se consideraba fría y escurridiza como un anfibio.
Aunque no era muy sociable mantenía amistades y mantenía con mucho cariño una relación que le hacía valorar cada mínimo detalle. Era esa clase de persona, que hacía que mantuviera esos pequeños placeres de la vida, como recoger flores de magnolio, tumbarse y mirar a la luna, mojarse las manos con agua caliente y crearse arrugas. Investigaba, mientras releía las marcas de sus manos, como podía dibujar figuras a base de sombras, de almas que aún quedan por conocer. Parecía que esa rechoncha panza la había dibujado en mitad de la oscuridad y con ella creaba curvas nítidas marcando sus arrugas y estrías como lo más natural del universo.
Salamandra infinita y hermosa, es experta en jugar con su cuerpo, experimenta cosas nuevas con flores vivas y secas, con harinas y arcillas. Ella, por poquita cosa que se considerara, aún no sabía que iba a cambiar el mundo con sus propias manos y su alma. Y allí en mitad de la noche mostraba su cuerpo para decirle al mundo algo importante.

 Salamandra también está entre mis costillas

1 comentario:

  1. ¿Sabes que siempre me ha encantado el nombre de Salamandra?
    Pues aquí estoy, deseando de saber qué tiene que enseñarnos (que vinieno de ti, seguro que es algo maravilloso)
    Un beso enorme bonita!

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