10.2.12

La chica pájaro //5


Aquel día gris, esclavo de unas nubes que acechaban toda aquella figura perenne y seres inmóviles que existían, acabaría dejando huella en algunas almas de pájaros perdidos y atolondrados. 
 Ella abrazada a un montón de alas, bajo una fina sabana de luz que cubría parte de su desnudez, iba desplegando sus alas de una noche que había parecido eterna; llena de sexo y pasión; en su sueño. Abriendo sus ojos miró al suelo, y vio su nido de hojas destrozado. Y notó que entre sus piernas no había ya un vacío imperecedero, sino que estaba lleno de sentimientos y pensamientos atados a otro miembro externo a ella. A su alrededor, todo parecía lleno de luz, y el chico pájaro que la penetró estaba delante suya, mirándola, rozándole con su pico en los hombros. 
Se había unido y sin darse cuenta habían matado sus instintos. Ella se fue a la terraza del edificio, intentó ponerse en cuclillas, para tomar impulso y volar, pero el chico se lo impidió. Se puso delante de ella y le dijo que no quería que se marchara, quería que se quedara con él, a su lado. Cubriendo de nuevo su cuerpo, volvió a penetrar en su alma para convencerla de que no debía de marcharse.
Bajando cada uno de los peldaños de la vida, llegando a los sentimientos más bajitos y esenciales, toparon con una bañera de agua que frenaba los vaivenes de sus caderas. Mojándole las entrañas y empapando sus alas, los dos se despegaron como dos imanes opuestos, el muchacho perdió su fuerza y cayó al suelo ella presa de una tela de araña en un rincón miraba como el chico pájaro perdía sus alas y su cabeza y se convertía en ser humano. 
Y él, sin dar crédito a lo que estaba viendo, observaba como la chica pájaro se convertía en la chica pájaro más llamativa del planeta, perdía sus alas y su cabeza de pájaro, sus alas caían como hojas secas y marchitas, dejando paso a una piel límpida, sin marcas ni arañazos, y el pelo se enredaba en su cabeza.
Desnudos, mirándose con los ojos muy abiertos, entrelazándose las pieles y andando por aquel suelo mojado, volaban dos muchachos sin alas a un mundo real. Al mundo en el que siempre habían vivido de forma utópica y seminconsciente. Entonces en mitad de la noche, desnudos y cogidos de las manos se alejaron como se aleja un soplido de viento por el desierto. Y aquel nido de hojas secas sin palos, que una noche existió, se desmoronó para siempre. Desapareciendo entre la nada.

2 comentarios:

  1. Tengo la impresión de que lo he leído antes, pero no sé por qué te no he había comentado.
    Me da muchísima pena que ambos pierdan sus alas y ya no sean capaces de volar, pero a la vez me parece un final feliz, porque, ¿para qué volar si todo lo que necesitas lo tienes a tu lado?
    Precioso, de verdad.
    Un beso enorme bonita :)

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  2. Me encantan tus descripciones, Minerva. Las haces largas pero a la vez tan, tan apasionadas. Te admiro mucho por ello, yo soy pésima describiendo, pero tú haces que me meta en las plumas de la chicapájaro y me alimente de todas tus metáforas.

    (acabo de ver que me tienes en tu lista de blogs al lado, no sabes lo que me honra eso, de verdad, aunque he vuelto a cambiar de nombre por enésima vez).

    Cuídate, y suerte con la expo ♥

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