5.1.12

La chica pájaro //3


La chica pájaro tiene marcas en su espalda, ese pequeño rastro es como una hilera en zigzag de huellas de pies que ya han pasado por encima de sus deseos, de sus sueños y los han marcado a fuego en su piel.
También las tiene en sus brazos, sus muslos y en sus manos. Son sus señales, como una marca de identidad de la vida tan cruel y mísera que ha pasado durante años.
Quizás es porque ya no hay nada en el mundo ni sombra posible que borre esa parte de ella, el dolor y la esperanza que un día habitó en su interior se ancló en lo mas profundo de su alma dejando paso a un sentimiento de inexistencia, es como si su esencia se hubiese evaporado y la hubiera convertido en un fantasma.
Su espectro era, en la gran mayoría de las ocasiones, el que hacia que pareciera a ojos mortales un ser híbrido vagabundo, ermitaño y misterioso y por eso su mirada no expresaba nunca jamás sentimientos y deseos por algo racional, sino que mostraba una mirada vacía, apagada y opaca.
Es así como la chica pájaro se ancla a sus recuerdos carcomidos ya por el paso del tiempo. Esos recuerdos, que caen por su espalda como si fueran arañas inquietas buscando su madriguera, creando parte de sus minúsculos lunares esparcidos por su cuerpo.
Pero en otras ocasiones el fantasma que habita en ella le cuenta, con voz lenta y pausada, que aquellos sentimientos que tanto anhela serán siempre extraños arañazos en su espalda de algún chico desolado y cabreado por no llegar al límite del orgasmo dentro de ella y que siempre sentiría un extraño hueco, vacío de amor desolado, que es del tamaño de la nada en el mismísimo universo en el que viven.
Por esa razón soñaba con todas sus ansias el perder las alas y la cabeza de pájaro extraviado y sentirse humana, sentir caricias y besos de verdad y saber lo que se siente en el estomago cuando le penetran en ese vacío que existe en ella, ese que entre sus marcas y sus heridas, el que tiene entre sus piernas.

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